«Ah, los caballos… Son las mujeres de mi vida». Picasso lanzaba la confesión en voz alta durante una corrida de toros a mediados de los años 50, en presencia de su biógrafo John Richardson, mientras observaba cómo la cuadrilla retiraba al animal abierto en canal después de la suerte de varas. Caballos muertos a manos de un minotauro, convertido ya en alter ego del artista. La escena se repite en grabados, lienzos y dibujos realizados a partir de la década de 1930. «La peor época de mi vida», diría Picasso, que vuelve una y otra vez a la imagen del caballo atacado y herido por el toro. Ese toro-minotauro es el propio Picasso. Ese caballo es realidad una yegua: es Olga Khokhlova.
La historia del arte ha reservado para Khokhlova el papel de compañera sumisa y doliente; de primera esposa y madre de Paulo, primogénito del artista; de amante ensimismada que vivió junto a Picasso el ascenso desde la bohemia de Montmartre hasta los castillos en la Costa Azul; incluso, parte de la crítica la ha señalado con el dedo durante décadas como la responsable de que Picasso abandonase la vanguardia para volver su mirada hacia la iconografía de Grecia y Roma. Así, la vida y la obra junto a Olga se identificaban con el llamado periodo neoclásico en Picasso. Pero la realidad suele ser más compleja. Lo muestra –y demuestra– 'Olga Picasso', la exposición inaugurada ayer en el Museo Picasso Málaga (MPM) como quien cierra una vieja herida.
En pocas ocasiones como esta el MPM hace valer su sobrenombre de 'museo de la familia'. Porque en el origen de 'Olga Picasso' surge el empeño de su nieto, Bernard Ruiz-Picasso, hijo de aquel Paulo, mecenas de la pinacoteca y presidente de su Consejo Rector. Suyo es el empeño de arrojar luz sobre una mujer que hasta este proyecto supuso un enigma incluso para él.
La historia del arte ha reservado para Khokhlova el papel de compañera sumisa y doliente; de primera esposa y madre de Paulo, primogénito del artista; de amante ensimismada que vivió junto a Picasso el ascenso desde la bohemia de Montmartre hasta los castillos en la Costa Azul; incluso, parte de la crítica la ha señalado con el dedo durante décadas como la responsable de que Picasso abandonase la vanguardia para volver su mirada hacia la iconografía de Grecia y Roma. Así, la vida y la obra junto a Olga se identificaban con el llamado periodo neoclásico en Picasso. Pero la realidad suele ser más compleja. Lo muestra –y demuestra– 'Olga Picasso', la exposición inaugurada ayer en el Museo Picasso Málaga (MPM) como quien cierra una vieja herida.
En pocas ocasiones como esta el MPM hace valer su sobrenombre de 'museo de la familia'. Porque en el origen de 'Olga Picasso' surge el empeño de su nieto, Bernard Ruiz-Picasso, hijo de aquel Paulo, mecenas de la pinacoteca y presidente de su Consejo Rector. Suyo es el empeño de arrojar luz sobre una mujer que hasta este proyecto supuso un enigma incluso para él.

