Para el mes de noviembre de 1941 la situación de la Unión Soviética, víctima del ataque alemán el veintidós de junio, era desastrosa. Se habían perdido inmensos territorios en la parte occidental del país, cientos de miles de soldados habían muerto y millones estaban presos. Las tropas alemanas nazis se encontraban a veintisiete kilómetros de Moscú y sus tanques podrían recorrer esa distancia en un día.El veintidós de octubre en la capital de la URSS se estableció el estado de sitio y comenzó la evacuación de los organismos del poder y de las representaciones diplomáticas al interior del país. Las autoridades a duras penas sofocaron el pánico de la población civil, que temía que Moscú, como sucediera en la guerra napoleónica de 1812, fuera abandonada.
En aquel entonces el Gobierno soviético reunió fuerzas militares suficientes para la contraofensiva pero hacía falta también un estímulo especial para enardecer los ánimos, tanto de las tropas como de la población.
Desde el año 1918 en la Plaza Roja de Moscú cada siete de noviembre se celebraba un desfile militar, el máximo evento para conmemorar la Revolución bolchevique de 1917 y demostrar el potencial de combate del Ejército Rojo. El desfile dentro de la ciudad sitiada y a punto de caer en manos enemigas por sus efectos morales podía tener una repercusión nacional y mundial equivalente a una operación militar de envergadura. Y así fue.











